aquel primer abrazo,
no como recuerdo,
sino como una fisura que respira.
No fue tierno.
Fue un lugar
donde ambos,
nos dejamos caer.
—
Ahí empezó todo:
dos cuerpos fingiendo inocencia,
dos heridas reconociéndose en silencio.
Tu pecho contra el mío,
con la respiración aprendiendo a decir “nosotros”
antes que la boca.
Eso, no fue un abrazo:
fue una rendición.
—
En ti me vi
como en un espejo empañado:
no clara,
pero inevitable.
Venimos de lugares
donde la piel sangra despacio,
donde el amor no era refugio,
sino intemperie.
Quizá por eso
nos elegimos.
Y no supimos detenernos.
—
Lo nuestro no fue calma.
Fue ese vaivén
donde todo parece quedarse
y al mismo tiempo
ya se está perdiendo.
Me llevas alto,
demasiado alto,
y luego el vértigo.
nuestros besos,
y el tiempo siempre interrumpiendo.
—
Ahora el ruido cede.
No del todo,
pero ya no grita.
Como un animal dormido
que a veces abre un ojo.
Vivimos ahí:
entre lo que calma
y lo que tiembla antes de romperse.
Intentando sostener algo
con lo que somos:
lo roto,
lo oscuro,
y lo que aprendió a sostenerse así.
—
Te amo.
Y a veces
amarte duele.
Porque somos iguales
en la herida,
pero no en la forma de sostenerla.
Tú te retiras.
Yo me acerco.
Tú haces silencio.
Yo me desbordo.
Tú desapareces hacia adentro.
Yo ardo hacia afuera.
Y en ese cruce,
nos desgastamos.
—
Hay días
en los que me vuelvo mínima.
Casi invisible.
Como si para alcanzarte
tuviera que desaparecer primero.
Y aun así
quiero que me mires
como si fuera suficiente.
—
Quisiera sentir,
no pedir,
que me eliges.
Algo firme
donde descansar el miedo.
—
Me preguntaste
si me haces infeliz.
No supe responder.
Las lágrimas
tampoco.
Es tenerte cerca
y no alcanzarte del todo.
Hablar
y que algo no llegue.
Tocarte
y a veces
no encontrarte.
Verte levantar muros
donde yo dejo puertas abiertas.
Y sentir
que algo en mí
se queda esperando,
al borde.
—
Me duele
cuando levantas la voz.
No por el sonido,
sino por lo que se rompe en mí
sin que lo veas.
Me duele
cuando te escondes
en pantallas,
en silencio,
en cualquier lugar
donde yo no exista.
—
Y aun así
yo sigo viniendo.
Con todo.
Con esta forma excesiva de amar
que no sabe hacerse pequeña.
—
Yo busco.
Tu mirada,
tu palabra,
ese punto exacto
donde coincidimos sin esfuerzo.
Y tú dijiste
que querías aprender.
A sentir.
A quedarte.
Y yo elegí creerte.
—
Pero tengo miedo.
No un miedo elegante,
uno torpe, insistente.
El miedo de construir algo
y que un día
ya no estés dentro.
—
Amo sin orilla.
Y tú,
paciente,
aprendes el viento.
—
No,
no me haces infeliz.
Pero hay partes de mí
que no saben dónde ponerse
cuando te vas sin irte.
—
No te elegí por inercia,
ni por comodidad.
Te elijo entero.
Incluso cuando no sé cómo sostenernos.
Y en eso,
necesito
cuidado,
presencia,
palabras que no huyan.
Porque el amor
no debería sentirse
como algo que se pierde al tocarlo.
—
Y si el miedo se cansa
no será por detenerlo.
